Llegué a la fiesta una hora después de la hora oficial de comienzo. No reparé que la mayoría de los asistentes serían guiris. Y eso significa puntualidad y empezar a beber a las 19 horas para acabar tirado por el suelo a las 24 h. Es decir que cuando llegué aquello era un tumulto de gente que iba y venía. Una gran masa informe de la que intentaba reconocer alguna cabecita.
El buen rollo que hay en estas fiestas internacionales es increíble. Todos hablan, interactuan y ríen. Poco a poco empecé a distinguir y a encontrar amigos. A muchos los conocía de otros eventos, y nos encontrábamos allí, en ese lugar común de aficionados al buen cine. La primera persona que encontré, por pura casualidad fue a Gatita, y eso que es difícil de localizar por su reducido tamaño. Crucé cuatro palabras con ella, pero no le preste más atención de la que se merecía. Tampoco me sentía caliente, y necesitaba beber algo para que mi lengua entrara en modo de acción verbal.
Mientras estaba en la barra, una chica que estaba a mi lado se me acercó. Empezamos a hablar, no se muy bien de qué. Al principio no me interesaba nada, porque estaba borracha y porque no me gustaba excesivamente, pero ya que se me había enganchado intenté llevarla por algún derrotero interesante, alguna confesión inconfesable que pudiese aprovechar. Estaba bebiendo desde hace un rato, porque su mano se acercaba y me tocaba con ligereza, apoyaba sus dos peras delanteras contra mi y acercaba tanto su boca a mi oreja que podía sentir su aliento a vodka cantándome una polska. Como no, finalmente comenzamos a hablar de sexo.
- ¿Y has probado algún buen macho ibérico?
- No, aún no he estado con ningúno. He estado con chinos, japoneses, nepalíes… pero no español.
- Ah, te gusta el rollito de primavera
- Sí… sí me gusta conocer gente de otros sitios.
- ¿Y como son los amantes japoneses?
Me mira e intenta buscar las palabras, hace extraños gestos con las manos para expresar algo, pero o no coordina o no la entiendo.
- Los japoneses son, son… son pura fantasía
Pura fantasía. Por lo visto había quedado extasiada con el japonés… E inmediatamente recordé cuando estuve con una chica japonesa llamada Kumiko. Es real, la forma de enteder el sexo en la cultura japonesa es totalmente diferente a la europea caucásica. Deberían haberme dado el manual de instrucciones antes de empezar. Todo era fragilidad, como si su vagina estuviera construida en cristal de Swarovsky. Todo con ella era un ritual de pétalos de cerezo en flor, delicadísima… y fragante, como una brisa de verano… Pero para un macho ibérico acostumbrado a la rudeza, al sudor y a la brutalidad del vino y la sangre, no es fácil atarse las pasiones desatadas, ordenarlas y meterlas en un cajón para recogerlas más tarde. Así que la conjunción fue tal como si dejaran entrar un toro bravo en un tatami donde se está haciendo la ceremonia del té… Mientras duraba esta ensoñación de breves milésimas, el tumulto volvió a cobrar vida y se la llevó a otro lugar. Cuando volví a encontrarla, su estado era más lamentable y mi querido amigo italiano, buitre hambriento, la rondaba. Buitre que ya no la dejo marchar hasta asegurar la carnaza.
La fiesta continuó y iba de un grupo a otro. Había mujeres muy interesantes y sexualmente muy atractivas. Para mantenerme en un estado lúcido mi perfecta combinación es tomar red bulls y cervezas en proporciones equilibradas. Me mantiene despierto y en el delicado umbral entre la borrachera y la desinibicion. Finalmente acabé en el grupo de las españolas, al que había estado yendo y viniendo. Fue mi apuesta. Allí donde estaba Gatita, Shakira, Morena y laLoquita. Eran las 3 am y hora de cerrar el local. Aún latían las cervezas en mis sienes, y tenía ganas de continuar. Yo y cuatro tías. Me podían tomar por gay, por pagafantas o por un seductor. Eso último era mi aspiración. Aunque básicamente me sentía cómodo, en la onda. Quería más. Y la morena estaba lo suficientemente buena como para hacer un esfuerzo. Aunque la que me daba más juego era la gatita presumida. La muy cabrona me picaba constantemente. Y aunque no levantaba mis pasiones, me gustaba jugar con ella y decirle bonitas palabras… tal vez se lo creyó demasiado y yo también.
Hacia tiempo que la había conocido. Ni siquiera recordaba su nombre hasta que no vi su ficha del perfil. Aquel día yo no fui más que un actor secundario en su película, tal vez ni eso, sólo un figurante. Pero un delicado hilo virtual nos mantenía aún unidos. Y tiré de ese hilo delicado de unos y ceros para volver a unirnos unos meses más tarde. Ella es de aquellas chicas que te pican, que siempre ponen la zanahoria delante de tus narices, y cuando la vas a morder la retiran. Su juego es la desorientación y su lema un despectivo “los tíos sois todos iguales”.
Llegamos al Karma. Bajamos el karma. Bailamos en karma. 4 tías y yo. Quién lo hubiese dicho. En las condiciones en las que estaba no hubiese dado para las cuatro, pero a dos sí que les podia dar alpiste. Pero, era tal el buen rollo, que no supe qué hacer. Ahora si sabría. Ahora, sentado delante del ordenador, lúcido, frio, mental… Debería haber aislado mi objetivo, que era la morena. Pero en el ruedo, en la arena, donde otros gladiadores luchan por la supervivencia, yo no supe. Ni siquiera la toque paralizado por mi mente. Es mi tendencia masoquista de apartarme de lo que me gusta. ¿Miedo al error? Seguro. Con la que no me interesaba, dale que te pego. Con la otra, nada.
Salimos y empezó a llover. Cómo había más personas que paraguas, use la estrategia del paraguas que en otras ocasiones me dio tantas satisfacciones y compartí el paraguas con dos chicas más, a lo que me agarré a la morena. Un poco de tacto, hermano, sobre el hombro. Me mantuve así un rato. Ella no lo retiró ni se retiró. Y seguiamos hablando y riendo. Pero eran 3 las mujeres, y las tres dormían en el mismo piso. Y entre eso y la educación católica que tanto daño ha hecho y hace en el campo sexual y el sentimiento de culpa o en términos técnicos “el factor fulana” hizo el resto. Así que dejé que las tres se marcharan y durmieran su sueño húmedo y yo me quedé a solas con Gatita.
El juego seguía. Ella seguía arañando, por eso la llamo gatita, porque si te pasas lo mínimo te pega un zarpazo. Era un trabajo delicado, casi peligroso. Zarpazo, caricia, zarpazo, caricia. Total, que no estaba en sus cabales. Pero yo tampoco, porque le seguía el juego. La acompañe a la parada del autobús y seguimos dale que te pego con el juego del poder y el joder. Y el autobús no llegaba. Y cada vez que me los hinchaba y yo le decía “me voy”, ella se hacia la interesante para que me quedase un poco más. Era un extraño juego el que manteníamos. Y a esas horas, era cansado. No se si estaba borracha o esa actitud despótica, maleducada y traviesa venía alimentada por mi, porque me veía tranquilo y quería verme fuera de mis casillas y así sentir que su poder maquiavélico funcionaba. Pasó una hora hasta que nos dimos cuenta que el autobús nunca pasaría por allí. Y la acompañé hasta su coche que estaba a tomar por el orto. Yo todo esto lo hacía por ser un caballero y no dejarla sola y porque era como un potro salvaje al que quieres domar como sea. Aunque ya empezaba a amanecer y no haría falta protegerla de aves nocturnas.
Por fin llegamos a su coche. Me senté en el asiento del copiloto. En otras ocasiones parecidas, el sentarme en un coche para volver a casa con alguna hembra, había generado inmediatamente la alegría en mis testículos que habían empezado a generar renacuajos rápidamente. Pero cómo ella me había estado tocando tanto tanto los cojones (figuradamente solo), y ya no sabía por dónde iba a salir y cómo iba a reaccionar, le dije que me acercara al metro. Aún podía haber insistido un poco más, pero mi orgullo no me lo permitió. Entonces ella se ablandó y me dijo algo como… pero BDN está muy lejos no? Una tontería de estas como para decir, ven aquí nen que te echaré un polvo o bien podría ser ven aquí que te sacrificaré como macho a la diosa Afrodita, te humillaré y te arrastrarás a mis pies. Esa fue la sensación ambivalente. Pero ya estaba requemado y salí del coche para irme a casa. Sin haber mojado pero con el orgullo en alto.

